Por: Abogado Mario Schilling F. 

Con desagrado y curiosidad he visto cómo distintos medios de comunicación escritos, en vez de interesarse en el problema fundamental del abuso de los niños, se han motivado más en mi persona y con ánimo de presentarme como un canalla o un siniestro personaje de ficción. La mayoría de los abogados de este país suelen ganar o perder casos y no son objeto de reportajes, pero en mi situación personal hay algo distinto que deslumbra a cierta prensa con una obsesión perversa.

No pretendo hablar más del caso Hijitus de la Aurora que bastantes problemas me trajo: varias querellas criminales en mi contra por injurias y calumnias (las que gané todas), un juicio por calumnias ante un tribunal, donde fui absuelto; además de otros problemas extrajudiciales que quizás publicaré algún día.

Es cierto, el caso Hijitus,por fallo dividido, se perdió. Así ocurrió como sucede con muchos juicios de delitos sexuales donde la única prueba fundamental son los relatos de los niños. También patrociné la querella contra el Padre O’Reilly (condenado, con beneficios) y contra un profesor de educación física del Colegio Dunalastair de Las Condes (condenado a 5 años de cárcel). En el primer caso, se dijo en la prensa que inventé los abusos para hacerme famoso. Respecto de los otros dos, no se dijo nada. Parece que cuando hay condena, no son inventos.

La defensa de los abusadores sexuales suele invocar “el complot” como estrategia para desviar la atención. La defensa del ex Senador Lavandero atribuía las acusaciones a la venganza de las mineras y a la persecución política. La defensa de Karadima decía que él era la víctima de un invento dirigido por “alguien”. Siempre lo mismo: despistar, distraer, confundir, que la prensa pique la carnada y que todos se olviden de la inocencia profanada. Nadie escribe sobre los niños abusados.

Schilling

Mario Schilling, abogado.

Entre los años 2005 y 2011, cuando era vocero de la Fiscalía Oriente, superé las dos mil entrevistas en televisión y radio, muchas de ellas en horario prime. Además, luego de retirarme del Ministerio Público, participé como panelista de un conocido espacio televisivo y otro radial. En consecuencia, debo decirle a mis detractores que no necesitaba hacerme famoso con un caso judicial, pues ya lo era y lo sigo siendo. Se dijo también que inventé estos casos para ganar dinero. Debo decirles, estimados lectores, que cuando asumí el caso Hijitus lo hice gratis y ya contaba con más de doscientos clientes en mi oficina, en ese entonces ubicada en el exclusivo barrio de El Golf (hoy mi oficina está en La Dehesa). Así que respondo: no, señores, no hubo un ánimo de lucro, tampoco lo necesitaba.

Finalmente mis infamadores señalan que inventé estos casos, creando una psicosis colectiva entre los apoderados. ¿Quién tiene el poder para hacer esto y cómo se pueden confundir más de ochenta familias profesionales de nivel cultural e intelectual alto? ¿Quién tiene el poder para convencer a varios fiscales con años de experiencia en delitos sexuales, varios psicólogos peritos del Servicio Médico Legal con vasta experiencia en delitos sexuales, a varios jueces de garantía y a la Corte de Apelaciones?

No recuerdo que ningún medio de prensa haya mencionado jamás que yo no fui el único abogado del caso Hijitus. En sus inicios, otras familias que tenían a sus hijos en el jardín infantil, decidieron contratar a otro abogado penalista. Así fue como también asumió el patrocinio de querellas el prestigioso y afamado estudio jurídico de Bofill. ¿No me digan que él también quería hacerse famoso y rico con el caso? Absurdo, ¿cierto? Entonces, ¿por qué se silenció su participación y las familias que él representó?¿Eran falsos e irrelevantes esos relatos que no tuvieron contacto con el abogado que “supuestamente psicotizaba a las familias”? A veces la prensa tiene el principio de “no dejes que la verdad mate una buena historia”, como ironizaba un viejo editor de un conocido diario chileno.

Y así fue. La idea de cierta prensa se redujo a demonizar la imagen del abogado que defendió a esos niños. Nunca más se habló de ellos ni de su recuperación psicológica. Ningún periodista se tomó la molestia de entrevistar a los psicólogos expertos en abuso sexual infantil que iniciaron la terapia de muchísimos de los niños del jardín Hijitus de La Aurora, quienes presentaban un daño psicológico auténtico.

¿A quién le conviene posicionar en los medios que los abusos sexuales infantiles no son reales? ¿Cuántos pederastas se ven beneficiados con este tipo de publicidad? ¿Por qué una revista, que se dedicó a enlodar mi imagen con chismerías y acusaciones de anónimos (cuya redacción abundaban frases como: “fuentes ligadas a … dicen que el abogado Mario Schilling hizo esto y lo otro), sigue distribuyendo por las redes sociales un perfil mío de un número antiguo? ¿Alguien paga por esto? ¿Hay pederastas con dinero, influencia o poder que buscan precisamente este tipo de campaña?¿Quién necesita con tanta insistencia destruir mi credibilidad y por qué?

La teoría del complot como defensa de los imputados por abuso sexual infantil una vez más logró su objetivo. El tema de la prensa no son los niños, sino el abogado.

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