Me doctoré en Filosofía en la Universidad de Chile. Una de mis mayores frustraciones vitales es que ese día no pude compartir mi enorme alegría con Miguel Acuña, mi querido profesor del colegio Saint Paul’s de Viña del Mar,pues ya había fallecido.

Schilling

Mario Schilling, abogado.

Recuerdo a Miguel Acuña al inicio del año escolar de 1985, escribiendo en griego en la pizarra. Nos enseñó quiénes eran Sócrates, Platón y Aristóteles, pero también nos citaba en francés a su filósofo preferido René Descartes. “Si no entienden algún pasaje del autor, deben leer su obra y si no entienden su obra, deben leer su obra completa”, solía recomendar este hombre bajo, de contextura gruesa, con su cabello crespo hirsuto, barba corta y nariz aplastada, más parecido a Sancho que a don Quijote.

Y con Miguel Acuña hubo una revolución copernicana: el colegio se nos transformó. De las aburridas clases de dictado en Historia, el rutinario cálculo de sujeto y predicado con sus respectivos complementos en Castellano y la función de la mitocondria en la célula, pasamos a las reflexiones profundas -nunca antes escuchadas en esas aulas- sobre la condición humana, el origen del universo, la sabiduría, el destino del hombre, el Ser y el Tiempo. La clase se terminaba y seguíamos varios compañeros a Miguel Acuña hasta el estacionamiento, pues queríamos prolongar unos minutos más la materia que él estaba enseñando con pasión. No lo dejábamos irse. Nos pedía disculpas, pues tenía que dar clases en la Universidad Federico Santa María y,previo a encender el motor de su auto, se comprometía a continuar la conversación en el punto donde había quedado en suspenso. Este episodio no fue anecdotario, sino que era una constante clase a clase, en tercero y cuarto medio. Así, pues, a los quince años –bajo el poderoso influjo de mi profesor– tuve una convicción sobre mi futuro y la cumplí a los cuarenta años al doctorarme en filosofía.

Escribo estas líneas nostálgicas y autobiográfica a propósito de la propuesta del Ministerio de Educación de eliminar Filosofía de los ramos obligatorios, dejándolo como electivo. Esto se produce en medio de un proceso de modificaciones curriculares iniciado en 2012.

Carolina Beas, vocera de la Red de Profesores de Filosofía de Chile dijo a la prensa: “Es un problema educativo que saquen Filosofía del plan común, porque la filosofía tiene características esenciales que permiten a los estudiantes desarrollar no sólo habilidades como el pensamiento crítico y la reflexión, sino otras como posibilitar un diálogo acerca del mundo, reflexionar sobre otras disciplinas y al eliminarlo, se elimina una parte súper esencial que todos como sujetos necesitamos”.

Pienso que el plan de eliminar la filosofía de los colegios chilenos es uno de los muchos desaciertos de este país, me parece abominable y mientras escribo estas líneas pienso que si ocurriera, habrá generaciones de niños que se perderán uno de los tesoros culturales más valiosos del planeta, iniciadas por esos viejos fantásticos del mundo helénico.

Y como dijo un filósofo: “La filosofía triunfa con facilidad sobre las desventuras pasadas y futuras, pero las desventuras presentes triunfan sobre la filosofía”. Parece que la desventura en Chile nos anda tras los pies.

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