Ayn Rand tituló así su conferencia en West Point, Nueva York, en marzo de 1974. Y como buena escritora de ficción comenzó su intervención con un breve cuento: supongan ustedes, dijo, que son astronautas y luego de estrellar su nave, se encuentran en un planeta desconocido. Una vez que recobran la conciencia y se dan cuenta de que no están mal heridos se podrían hacer estas tres preguntas: “¿Dónde estoy?” “¿Cómo puedo descubrirlo?” (o cómo lo sé) y “¿Qué debería hacer?”.

La mayoría de los hombres evaden estas tres preguntas y, en general, todos creen tener una respuesta. Ayn Rand da como ejemplo: “¿Dónde estoy?” En Nueva York. “¿Cómo lo sé?” Es autoevidente. “¿Qué debería hacer?” Aquí no estoy muy segura, pero la respuesta usual es: “lo que quiera hacer cada cual”. El único problema parece ser que las personas no son muy activas, no son muy confiables ni son muy felices. Y además las personas experimentamos, cada cierto tiempo, un temor sin causa, una culpa indefinida, la que no podemos explicar o deshacernos de dicho temor o culpa. Ayn Rand concluye que las personas no se percatan que la causa de dicho problema es que no tenemos respuesta a esas tres grandes preguntas, pero existe una ciencia que puede responderlas, y tal ciencia se llama filosofía.

Leonard Peikoff, el principal discípulo de Ayn Rand, sostiene que la filosofía no es un juguete del intelecto sino un poder del cual ningún hombre puede abstenerse. Y la razón de ello es sencilla, es que el hombre, por su naturaleza como ser conceptual, no puede funcionar sin algún tipo de filosofía que le sirva de guía. Así pues, la única opción que tiene es si sus principios son verdaderos o falsos, racionales o irracionales, coherentes o contradictorios. La única forma de saber lo que son es integrando dichos principios. Y, ¿quién o qué los integra? La Filosofía.

Podemos decir junto a Peikoff desde la óptica del objetivismo filosófico que un sistema filosófico es una visión integrada de la existencia.

Muchas personas creen que pueden vivir sin estudiar filosofía o sienten desdén respecto de las “meras opiniones” de filósofos que no parecen concluir nada más que sus personales, subjetivas y carentes de fundamentos perspectivas o puntos de vista. Sin embargo, desde que usted nace al mundo intelectual y adquiere, por ejemplo, una religión, ya está viviendo con y en contacto con la filosofía. Así pues la religión cristiana, le responderá “dónde está” (en un mundo creado por Dios), “cómo lo sabe” (porque tiene un alma inmortal que gobierna sus sentidos) y “qué debo hacer” (aprender a amar al prójimo). Aparentemente la religión satisface con claridad las tres preguntas, aunque si usted analiza con mayor profundidad estas respuestas, podría comenzar a preguntarse cómo concilia la creación del mundo con las modernas teorías cosmológicas del origen del universo, de qué manera podemos tener certeza de la existencia de una tal alma inmortal y dónde se ubica, y por qué debería amar al prójimo, siendo que el prójimo se manifiesta en forma egoísta y déspota con usted en varias situaciones de la vida. Una vez que tenga esas respuestas, puede seguir preguntando e inquiriendo respecto de las debilidades en dichas respuestas, haciendo de este modo filosofía.

Supongamos que la religión no tenga impacto en su vida. Frente a situaciones de sufrimiento como la pérdida de un ser querido, el que sobrevenga una enfermedad, lo despidan de su empleo, o incluso ante situaciones gozosas como el nacimiento de un hijo, el enamoramiento, que gane un premio o un ascenso, usted podría preguntarse por las causas de lo que ocurre en su vida y podrá tener respuestas populares como “no hay mal que por bien no venga” o “todo pasa por algo” o “el karma gobierna mi vida”. En fin, como ser conceptual usted necesariamente tendrá respuestas filosóficas.

Como ser humano no tienes opción sobre el hecho de que necesitas una filosofía, dice la madre del objetivismo Ayn Rand. Tu única opción es si defines tu filosofía a través de un proceso consciente, racional y disciplinado de pensamiento y una deliberación escrupulosamente lógica, o dejas que tu subconsciente acumule un montón de conclusiones injustificadas, generalizaciones falsas, contradicciones indefinidas, proverbios sin digerir, deseos sin identificar, dudas y temores, mezclados por casualidad, pero integrados por tu subconsciente en una especie de filosofía incongruente y fundidos en una única y sólida tara: la duda en ti mismo, como bola y cadena en el lugar donde las alas de tu mente deberían haber crecido.

Comentarios

comentarios